La pared interna de la compuerta estaba a un metro por debajo de la superficie. Entre su borde inferior y el fondo de la cisterna había una ranura de un metro. Pasando bajo ésta y trepando hacia el otro lado, llegaron a un saliente similar al de la entrada. Otra puerta les dio acceso a la sección media del Kwembly. A su alrededor había un ligero olor a oxígeno —generalmente unas cuantas burbujas del aire exterior acompañaban a cualquier cosa que penetrase por la compuerta—, pero el omnipresente vapor del amoníaco y las superficies catalizadoras colocadas en muchos sitios dentro del casco habían demostrado hacía tiempo ser capaces de controlar esta molestia. La mayor parte de los mesklinitas habían aprendido a soportar bastante bien el olor, puesto que como todo el mundo sabía, el gas era inofensivo en pequeñas cantidades.

Los investigadores se quitaron los trajes y se marcharon con sus aparatos y con los estuches que habían protegido sus muestras del amoníaco líquido. Dondragmer mandó a los demás a cumplir con sus obligaciones normales y se dirigió hacia el puente. Kervenser se preparaba para abandonar el puesto de mando, cuando el capitán entró por la escotilla y le hizo señas de que volviese, mientras se dirigía al lado de estribor de la superestructura. Algunas porciones del suelo eran transparentes. Al principio, los diseñadores humanos habían pretendido que todo fuese así, pero no contaron con la psicología mesklinita. Arrastrarse por el campo ya era bastante malo, pero pisar sobre un suelo transparente encima de cuatro metros o más de aire vacío era completamente irrazonable. El capitán se detuvo al borde de una de las hojas de cristal del suelo y miró cautelosamente hacia abajo.

Alrededor del gigantesco vehículo, la grisácea superficie no había cambiado; el viento que sacudía el casco aparentemente no había afectado a la nieve, comprimida por aquellas gravedades durante tiempo indefinido.



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