
Comenzaban a aparecer unas cuantas estrellas brillantes entre los parches de celaje, pero los guardianes del Polo no se veían. Estaban sólo a unos cuantos grados sobre el horizonte meridional, en gran parte a causa de la refracción, y las nubes bloqueaban todavía más la vista oblicua. Aún no había señales de lluvia ni de nieve, ni forma de descifrar cuál era de esperar, si es que había que esperar algo. La temperatura en el exterior estaba todavía justo por debajo del amoníaco puro y muy por debajo del correspondiente al agua, pero una precipitación mixta era más que probable. Lo que aquello produciría en el granizado casi puro depositado sobre el suelo, Dondragmer no podía adivinarlo; conocía la mutua solubilidad del agua y el amoníaco, pero nunca había intentado memorizar los diagramas con las fases o las tablas del punto de congelación de las diversas mezclas posibles. Si la nieve se disolvía, el Kwembly quizá tuviese una oportunidad para demostrar su capacidad de flotación. No sentía ganas de hacer la prueba.
Kervenser interrumpió sus pensamientos.
—Capitán, estaremos listos para movernos dentro de cuatro o cinco minutos. ¿Quiere energía de tracción?
—Todavía no. Temía que el viento podría llevarse la nieve que está debajo de nosotros y nos haría volcar como los movimientos del agua sobre una nave en la playa, y quería ponerle proa por si sucedía eso; mas hasta ahora no parece haber peligro. Que los exámenes de revisión continúen, excepto aquellos que interfieran con un preaviso de cinco minutos de energía de tracción.
