
El asunto se discutía raras veces, y ésta lo impidió la llegada de Beetchermarlf. Informó que la revisión había sido terminada. Dondragmer le relevó, ordenándole que enviase el nuevo timonel al puente, y permaneció silencioso hasta la llegada de este último. Takoorch, sin embargo, no era un tipo silencioso. Cuando alcanzó el puente, perdió poco tiempo en comenzar lo que sin duda consideraba una conversación. Kervenser le daba cuerda, divertido como siempre por la imaginación y desfachatez del individuo; Dondragmer, sin embargo, lo ignoraba todo, excepto ráfagas ocasionales de la conversación. Estaba más interesado en lo que sucedía en el exterior, por poco llamativo que fuese en el momento.
Apagó las luces del puente y todas las exteriores, excepto las más bajas, consiguiendo así una vista mejor del cielo sin perder completamente contacto con la superficie. Las nubes eran pocas y más pequeñas, aunque parecían moverse tan rápidamente como antes. El sonido del viento resultaba también el mismo. Poco a poco iban apareciendo más estrellas. Una vez divisó uno de los Guardianes (así los habían bautizado rápidamente los marineros mesklinitas) hacia el sur. No podía decir cuál era; desde Dhrawn, Sol y Fomalhaut brillaban lo mismo, y su violento parpadeo a través de la atmósfera del gigantesco mundo hacía que un juicio por el color no fuese de fiar. De todas formas la visión fue breve, puesto que las nubes no habían desaparecido por completo.
«…El grupo de balsas a estribor se desencuadernó; excepto yo, todo el mundo estaba en el cuerpo central…»
Ni lluvia ni nieve todavía, y los cielos despejados hacían que ahora pareciesen menos probables para alivio del capitán. Una comprobación con el laboratorio a través de uno de los micrófonos le informó que la temperatura estaba bajando; ahora era de 75 grados, tres grados por debajo del punto de fusión del amoníaco. Todavía lo suficientemente cerca para que hubiese problemas con las combinaciones, pero yendo en la dirección adecuada.
