
Beetchermarlf salió de debajo del gran casco e informó que no había ninguna novedad en los cables de guardín. Los que trabajaban en el taladro habían conseguido unos cuantos metros de fragmentos rocosos. Cada segmento, en cuanto era obtenido, se trasladaba al laboratorio para estudiarse la temperatura ambiental. En realidad, la «nieve» local parecía ser en su mayor parte agua en la superficie; por tanto, muy por debajo de su punto de fusión, pero nadie podía estar seguro de lo que ocurriría más abajo.
La luz artificial enmascaraba algo el cielo. El primer aviso de que el tiempo cambiaba fue una repentina ráfaga de aire. El Kwembly se balanceó ligeramente sobre sus cadenas y los cables de guardín vibraron al ser zarandeados por el denso aire. Los mesklinitas no tuvieron problemas. Para hacerles volar, con la gravedad existente en Dhrawn, se habría necesitado un tornado arrollador. Pesaban casi tanto como pesaría en la Tierra una estatua de oro de tamaño natural. Dondragmer, enterrando reflexivamente sus garras en la polvorienta nieve, no se sintió preocupado por el viento, aunque sí muy molesto ante su propio fallo al no haber advertido con anterioridad las nubes que lo acompañaban. Estas habían pasado de ser aborregados cirros, casi a trescientos metros de altura, a rotos celajes de tipo estrato, situados a la mitad de aquella altura. Todavía no había ninguna precipitación, pero ninguno de los marineros dudaba que pronto la habría. Sin embargo, no podían adivinar ni su forma ni su violencia. Según las medidas humanas, llevaban en Dhrawn un año y medio, pero esto no era suficiente tiempo, ni siquiera aproximadamente, para aprender todos los fenómenos de un mundo mucho mayor que el suyo. Incluso si ese mundo hubiese completado una de sus revoluciones, en lugar de menos de la cuarta parte, no habría sido suficiente para la tripulación de Dondragmer.
La voz del capitán se elevó sobre la canción del viento.
