Las grandes placas curvas eran de fibra de boro, unidas por polímeros cargados de oxígeno y fluorina. Habían sido fabricadas en un mundo que ninguno de los mesklinitas había visto nunca, aunque la mayor parte de la tripulación había tenido tratos con sus nativos. Los ingenieros químicos humanos habían diseñado aquellas partes del casco para que soportasen todos los agentes corrosivos en que pudieron pensar. Comprendían muy bien que Dhrawn era uno de los pocos lugares del universo que probablemente sería más perjudicial a este respecto que su propio mundo de oxígeno y agua. Se mostraron completamente conscientes de su gravedad. Cuando sintetizaron las partes del casco y los adhesivos que las mantenían unidas —tanto los cementos temporales utilizados durante las pruebas en Mesklin como los presuntamente permanentes empleados al rearmar los vehículos en Dhrawn—, tuvieron en cuenta todos estos factores. Dondragmer confiaba plenamente en la habilidad de aquellos hombres, pero no podía olvidar que ellos no se habían enfrentado, ni esperaban hacerlo nunca, a las condiciones contra las que sus productos luchaban. Aquellos particulares fabricantes de paracaídas nunca tendrían que saltar, aunque un mesklinita no habría entendido la paradoja.

Aunque el capitán respetaba la teoría, conocía muy bien la diferencia entre ésta y la práctica; por tanto, dedicó toda su atención a los ajustes entre las secciones del enorme casco.

Cuando se convenció de que continuaban sólidas y ajustadas, el cielo estaba mucho más oscuro. Kervenser había encendido algunas de las luces exteriores, en respuesta a un repiqueteo en el exterior del puente y a unos cuantos gestos. Con esta ayuda, los escaladores terminaron su trabajo y regresaron a la nieve.



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