
—No —dijo ella—, porque primero llevaré las olas sobre tu reino y lo ahogaré.
Hubo silencio durante un tiempo.
—Los dos somos fuertes —dijo ella al fin—. Mejor será que no destrocemos el mundo entre los dos. Volveré en la primavera con mi dote de lluvia, y juntos recorreremos la tierra para bendecirla. Tu regalo para mí será el toro sobre el que cabalgas.
—Eso es demasiado —dijo Frae—. En él está la fuerza para llenar el vientre de la tierra. Él dispersa a los enemigos, los cornea y los pisotea, destruye sus campos. Las rocas tiemblan bajo sus pezuñas.
—Puedes conservarlo en la tierra y usarlo como antes —contestó Niaerdh—, menos cuando yo tenga necesidad de él. Pero mío será, y al final habré de llamarlo para siempre. —Después de otro rato, siguió hablando—: Cada otoño te dejaré y volveré al mar. Pero en primavera regresaré. Así será este año y todos los años posteriores.
—Había esperado más —dijo Frac—, y creo que si separamos nuestros actos, los dioses de la guerra vagarán con mayor libertad que antes. Pero está predicho que tú ganarías. Esperaré por ti cuando el sol gire al norte.
—Vendré a ti en el arco iris —dijo Niaerdh.
Así fue. Así es.
1
Vista desde las murallas del Campamento Viejo, la naturaleza era terrorífica. Al este, en aquel año de sequía, el Rin relucía encogido. Los germanos lo atravesaban con facilidad, "entras que las naves de suministros con destino a los campamentos en su ribera izquierda a menudo encallaban y, antes de poder escapar, caían en manos enemigas. Era como si los mismos ríos, las antiguas defensas del Imperio, desertasen de Roma. Allí al otro lado, donde el bosque se elevaba de la planicie, las hojas resecas se teñían de ocre y caían. Las granjas habían estado marchitas hasta que la guerra las había convertido no en barro, sino en polvo para el cielo cegador, para teñir de gris las cenizas y restos de las casas.
