Ahora esa tierra traía una nueva cosecha nacida de dientes de dragón: una horda bárbara. Grandes hombres rubios agitaban emblemas sacados de arboledas sagradas y ritos sangrientos, postes o palos con cráneos o burdos dibujos de osos, verracos, bisontes, toros, alces, venados, gatos monteses, lobos. La luz de la puesta de sol se reflejaba en la punta de las lanzas, los escudos reforzados, algún casco ocasional, rara vez una cota o una coraza tomada de un legionario muerto. Casi ninguno llevaba armadura, vestían túnicas y pantalones ajustados o iban desnudos hasta la cintura, quizá con una vieja piel de bestia por encima. Gruñían, ladraban, gritaban, rugían, daban patadas, un sonido similar a un trueno lejano.

Ciertamente lejano. Mirando más allá de la sombra que se extendía hacia ellos, Munio Luperco distinguió un largo pelo atado a la sien o en lo alto de la cabeza. Ése era el estilo de las tribus suevas en el corazón de Germania. No era común, debía de ser un grupo pequeño que había seguido hasta allí a un capitán aventurero, pero demostraba cuán lejos había llegado la palabra de Civilis.

Casi todos se trenzaban el pelo; algunos se lo teñían de rojo o se lo ponían de punta al estilo galo. Había bátavos, canninefates, tungros, frisios, brúcteros, otros nativos de aquellas partes… y muchos temibles no tanto por su número como por su conocimiento de los usos romanos. Vaya, por allí iba un escuadrón de téncteros, galopando sobre los ponis con la gracia de los centauros, lanzas y pendones en alto, las hachas en las sillas, ¡la caballería de los rebeldes!

—Tendremos una noche agitada —dijo Luperco.

—¿Cómo lo sabes, señor? —La voz del ordenanza no era del todo firme. Apenas era un muchacho, elegido apresuradamente para el puesto después de la caída del experimentado Rutilio. Cuando cinco mil soldados habían sido expulsados del campo de batalla hasta el siguiente fuerte, seguidos por dos o tres veces su número, cogías lo que podías.



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