Luperco se encogió de hombros.

—Uno acaba sintonizando con sus humores.

No todas las señales eran sutiles. Más allá del río y más allá del tu —multo masculino de la orilla, el humo se elevaba alejándose de hervidores y asados. Las mujeres y los niños de la región habían venido para incitar a sus hombre a la batalla. Nuevamente entre ellos había comenzado el lamento. Se extendió y se hizo más fuerte mientras escuchaba, como una sierra, con un ritmo subterráneo, ha-ba-da-ha-ba, ha-ba-da-da. Más y más oídos se pusieron a escuchar; el caos se acercaba.

—No creo que Civilis quiera acción —dijo Aleto. Luperco había separado al veterano centurión de los fragmentos que habían sobrevivido a su mando para que fuese su oficial y consejero. Aleto hizo un gesto hacia la empalizada de lo alto del terraplén—. Los últimos ataques le han costado mucho.

Los cuerpos tirados, hinchados, sin color, entre entrañas y sangre coagulada, armas rotas, ruinas cubiertas bajo las cuales los bárbaros habían intentado atacar la entrada. En su lugar llenaron la zanja. Las bocas se abrían alrededor de lenguas que las hormigas y los escarabajos se comían. Los cuervos habían sacado la mayoría de los ojos. Varios pájaros seguían picoteando, tomando la cena antes de la noche. Las narices se habían acostumbrado al olor, excepto cuando la brisa lo traía directamente y el frío de la tarde lo había humedecido.

—Tiene suficiente —dijo Luperco.

—Aun así, señor, no es tonto, ni ignorante, ¿no? —persistió el centurión—. He oído que marchó con nosotros veinte años o más, hasta la misma Italia, y recibió el máximo rango que puede recibir un auxiliar. Debe de saber que andamos escasos de comida y todo lo demás. Dejarnos morir de hambre tiene mucho más sentido que cargar contra soldados regulares y sus máquinas.



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