
(En caso contrario mi amistad con Bibiano se hubiera roto probablemente al día siguiente.) A ti, dijo Bibiano, a Martita (la Gorda), a Verónica y Angélica, por supuesto, a Carmen, luego nombró a dos poetas, uno del taller de Stein y el otro del taller de Soto, y finalmente dijo el nombre de Ruiz-Tagle. Recuerdo que la Gorda se quedó callada un momento mientras sus dedos (permanentemente manchados de tinta y con las uñas más bien sucias, cosa que parecía extraña en una estudiante de medicina, si bien la Gorda cuando hablaba de su carrera lo hacía en términos tan lánguidos que a uno no le quedaban dudas de que jamás obtendría el diploma) escudriñaban entre los papeles hasta dar con las tres cuartillas de Ruiz-Tagle. No lo incluyas, dijo de pronto. ¿A Ruiz-Tagle?, pregunté yo sin creer lo que oía pues la Gorda era una devota admiradora suya. Bibiano, por el contrario, no dijo nada. Los tres poemas eran cortos, ninguno pasaba de los diez versos: uno hablaba de un paisaje, describía un paisaje, árboles, un camino de tierra, una casa alejada del camino, cercados de madera, colinas, nubes; según Bibiano era «muy japonés»; en mi opinión era como si lo hubiera escrito Jorge Teillier después de sufrir una conmoción cerebral. El segundo poema hablaba del aire (se llamaba
Aire) que se colaba por las junturas de una casa de piedra. (En éste era como si Teillier se hubiera quedado afásico y persistiera en su empeño literario, lo que no hubiera debido extrañarme pues ya entonces, en el 73, la mitad por lo menos de los hijos putativos de Teillier se habían quedado afásicos y persistían.) El último lo he olvidado completamente. Sólo recuerdo que en algún momento aparecía sin que viniera a cuento (o eso me pareció a mí) un cuchillo. ¿Por qué crees que no lo debo incluir?, preguntó Bibiano con un brazo extendido sobre la mesa y la cabeza apoyada en éste, como si el brazo fuera la almohada y la mesa la cama de su dormitorio.