Creí que eran ustedes amigos, dije yo. Y lo somos, dijo la Gorda, pero igual yo no lo metería. ¿Por qué?, dijo Bibiano. La Gorda se encogió de hombros. Es como si no fueran poemas suyos, dijo después. Suyos de verdad, no sé si me explico. Explícate, dijo Bibiano. La Gorda me miró a los ojos (yo estaba frente a ella y Bibiano, a su lado, parecía dormido) y dijo: Alberto es un buen poeta, pero aún no ha explotado. ¿Quieres decir que es virgen?, dijo Bibiano, pero ni la Gorda ni yo le hicimos caso. ¿Túhas leído otras cosas de él?, quise saber yo. ¿Qué escribe, cómo escribe? La Gorda se sonrió para sus adentros, como si ella misma no creyera lo que a continuación iba a decirnos. Alberto, dijo, va a revolucionar la poesía chilena. ¿Pero tú has leído algo o estás hablando de una intuición que tienes? La Gorda hizo un sonido con la nariz y se quedó callada. El otro día, dijo de pronto, fui a su casa. No dijimos nada pero vi que Bibiano, recostado sobre la mesa, se sonreía y la miraba con ternura. No era esperada, por supuesto, aclaró la Gorda. Ya sé lo que quieres decir, dijo Bibiano. Alberto se sinceró conmigo, dijo la Gorda. No me imagino a Ruiz-Tagle sincerándose con nadie, dijo Bibiano. Todo el mundo cree que está enamorado de la Verónica Garmendia, dijo la Gorda, pero no es verdad. ¿Te lo dijo él?, preguntó Bibiano. La Gorda se sonrió como si estuviera en posesión de un gran secreto. No me gusta esta mujer, recuerdo que pensé entonces. Tendrá talento, será inteligente, es una compañera, pero no me gusta. No, no me lo dijo él, dijo la Gorda, aunque él me cuenta cosas que a otros no les cuenta. Querrás decir a otras, dijo Bibiano. Eso, a las otras, dijo la Gorda. ¿Y qué cosas te cuenta? La Gorda pensó durante un rato antes de responder. De la nueva poesía, pues, de qué otra cosa. ¿La que él piensa escribir?, dijo Bibiano con escepticismo. La que él va a hacer, dijo la Gorda. ¿Y saben por qué estoy tan segura? Por su voluntad. Durante un momento esperó que le preguntáramos algo más.


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