
Tiene una voluntad de hierro, añadió, ustedes no lo conocen. Era tarde. Bibiano miró a la Gorda y se levantó para pagar. ¿Si tienes tanta fe en él por qué no quieres que Bibiano lo meta en su antología?, pregunté. Nos pusimos las bufandas en el cuello (nunca he vuelto a usar bufandas tan largas como entonces) y salimos al frío de la calle. Porque no son sus poemas, dijo la Gorda. ¿Y
tú cómo lo sabes?, pregunté exasperado. Porque conozco a las personas, dijo la Gorda con voz triste y mirando la calle vacía. Me pareció el colmo de la presunción. Bibiano salió detrás de nosotros. Martita, dijo, estoy seguro de muy pocas cosas, una de ellas es que Ruiz-Tagle no va a revolucionar la poesía chilena. Me parece que ni siquiera es de izquierdas, añadí yo. Sorprendentemente, la Gorda me dio la razón. No, no es de izquierdas, aceptó con una voz cada vez más triste. Por un momento pensé que se iba a poner a llorar y traté de cambiar de conversación. Bibiano se rió. Con amigas como tú, Martita, uno no necesita enemigos. Por supuesto, Bibiano bromeaba, pero la Gorda no lo entendió así y quiso marcharse de inmediato. La acompañamos a su casa. Durante el viaje en autobús hablamos de la película y de la situación política. Antes de despedirnos nos miró fijamente y dijo que debía pedirnos que le prometiéramos algo. ¿Qué?, dijo Bibiano. No le digan a Alberto nada de lo que hemos hablado. De acuerdo, dijo Bibiano, prometido, no le diremos que me pediste que lo excluyera de mi antología. Si ni siquiera te la van a publicar, dijo la Gorda. Eso es muy probable, dijo Bibiano. Gracias, Bibi, dijo la Gorda (sólo ella llamaba de esa manera a Bibiano) y le dio un beso en la mejilla. No le diremos nada, lo juro, dije yo. Gracias, gracias, gracias, dijo la Gorda. Pensé que bromeaba. Tampoco le digan nada a la Verónica, dijo, ella se lo puede decir luego a Alberto y ya saben. No, no se lo diremos. Esto queda entre nosotros tres, dijo la Gorda, ¿prometido? Prometido, dijimos.