
Pero tardó demasiado en disparar. La sangre le manchaba la cara y le chorreaba de la boca. Phillips se había puesto en cuclillas y se dio la vuelta, como si supiera que Monk no le dispararía por la espalda. Saltó de la gabarra y aterrizó con los brazos y piernas abiertos sobre la lona de la de delante.
Sin pensárselo dos veces, Monk lo siguió.
Phillips se levantó trabajosamente y comenzó a avanzar por el caballete de la lona. Monk fue derecho tras él, costándole más mantener el equilibrio esta vez. Lo que fuere que hubiese bajo la tela impermeabilizada, rodaba cuando él lo pisaba y le hacía embestir con más ímpetu y más deprisa de lo que quería.
Phillips llegó a la proa y saltó otra vez. De nuevo Monk fue tras él. Esta vez había pacas bajo sus pies, siendo más fácil mantener el equilibrio. Monk saltó de una a otra, aproximándose, le echó la zancadilla a Phillips y lo derribó. Le asestó un puñetazo en el pecho, vaciándole los pulmones y oyendo su prolongado y áspero resuello cuando volvió a llenarlos de aire. Entonces sintió el dolor del antebrazo y vio sangre. Pero sólo era una raja muy superficial que no lo lisiaría. Volvió a golpear el pecho de Phillips y éste soltó la navaja. Monk la oyó resbalar por la lona y repiquetear sobre la cubierta.
La sangre le estaba dejando la mano resbaladiza. Phillips se retorcía como una anguila, fuerte y duro, con los codos y las rodillas desollados, anguloso, y Monk no pudo sujetarlo.
Phillips se había apartado, tambaleándose hacia la proa, dispuesto a saltar a la gabarra siguiente. Una barcaza estaba a punto de cruzarse con ellos por delante, sólo una. Sus intenciones estaban claras. Saltaría a bordo de ella y Monk se encontraría sin una embarcación a mano para seguirlo.
