Monk se levantó con dificultad y alcanzó la proa justo cuando Phillips saltó, quedándose corto. Fue a parar al agua, en medio de la estela blanca que levantaba el tajamar.

Monk titubeó. No le costaría nada dejar que se ahogara. Sólo era preciso que se demorase un momento y nadie, por más hábil que fuera, sería capaz de sacarlo del río. Herido como estaba, se ahogaría en cuestión de minutos. Sería un final mejor del que merecía. Pero Monk lo quería vivo para que pudiera ser juzgado y ahorcado. Así se demostraría que Durban tenía razón, y todos los niños que Phillips había utilizado y torturado tendrían una respuesta adecuada.

Se inclinó hacia delante extendiendo ambos brazos por la borda y agarró a Phillips por los hombros, notó que sus manos se aferraban a su brazo y echó mano de todas sus fuerzas para sacarlo del agua. Estaba mojado, era casi como un peso muerto. Ya tenía los pulmones medio llenos de agua y no opuso ninguna resistencia.

Monk sacó las esposas y se las puso a Phillips antes de afianzar los pies y darle la vuelta para bombearle el pecho a fin de sacar el agua.

– ¡Respira! -masculló-. ¡Respira, canalla!

Phillips tosió, vomitó agua del río y recobró el aliento.

– Buen trabajo, señor Monk -dijo Orme desde la barcaza, acercándose a la banda-. Al señor Durban le habría alegrado verlo.

Monk se sintió invadido por un calor como de fuego y música, por la paz que seguía a un esfuerzo desesperado.

– Había que poner orden -dijo con modestia-. Gracias por su ayuda, señor Orme.


* * *

Monk llegó a su domicilio de Paradise Place en Rotherhithe antes de las seis, una hora relativamente temprana para él. Había recorrido a paso vivo la calle desde la escalinata de Princes Stairs, donde había desembarcado del transbordador, y caminado todo el trecho hasta Church Street antes de tomar la curva pronunciada de Paradise Place. En todo momento se negó a pensar que Hester quizás aún no estuviera en casa y que por tanto tendría que aguardar para decirle que por fin habían capturado a Phillips.



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