
– Me encuentro en una situación comprometida, Oliver -comenzó sin más preámbulo-. Un cliente muy antiguo me ha pedido un favor que me resisto a hacerle, pero, no obstante, considero que no puedo negarle. Para serte franco, se trata de un asunto con el que preferiría no tener nada que ver, pero no acierto a encontrar una vía de escape honorable. -Encogió ligeramente un hombro-. Y, si quieres que te sea sincero, tampoco una vía legal. Uno no puede seleccionar y escoger en qué asuntos actuará y en cuáles no. Hacerlo sería burlarse por completo del concepto de justicia, que debe ser igual para todos.
Rathbone se quedó perplejo ante semejante discurso; dejaba traslucir una falta de confianza nada propia de Ballinger. Estaba claro que algo le inquietaba.
– ¿Puedo ser de ayuda, sin infringir el secreto profesional que debe a su cliente? -preguntó esperanzado. Le complacería asistir al padre de Margaret en un asunto que al parecer revestía tanta importancia para él. Margaret se alegraría y de paso estrecharía los lazos con su familia, cuestión que por naturaleza no le resultaba fácil. Era muy celoso de su intimidad. Aparte de una profunda amistad con su padre, había encontrado pocos vínculos afectivos en su vida adulta. En algunos sentidos, nada menos que William Monk era el amigo más auténtico que tenía. Eso excluía a Hester, por supuesto, pues sus sentimientos hacia ella habían sido diferentes…, más fuertes, más íntimos y, en cierto modo, más penosos. Todavía no estaba del todo preparado para analizarlos con más detenimiento.
Ballinger se relajó un poquito, al menos en apariencia, si bien seguía ocultando las manos en el regazo como si temiera que lo delataran.
– No habría que romper ninguna confidencia -dijo enseguida-. Busco tu competencia profesional para que representes una causa que me temo encontrarás repelente y que tiene todas las de perder. No obstante, como es natural, cobrarás lo que corresponde por tu tiempo y tus dotes, que yo sé excepcionales.
