
Margaret lo recibió tan encantada como siempre desde que se casaran no tanto tiempo atrás. Bajó la escalera entre un revuelo de muselina verde pálido y blanca, irradiando una increíble frescura a pesar del bochorno. Lo besó con ternura, sonriendo tal vez con una pizca de timidez. Su gesto resultó tan grato a Rathbone que éste pensó que quizá sería indiscreto demostrarlo.
Hablaron de muchas cosas durante la cena: una nueva exposición de arte que había suscitado más controversia de la esperada; la continua ausencia de la reina en la temporada londinense desde el fallecimiento del príncipe Alberto; y, por supuesto, el desdichado y triste asunto de la guerra civil en Norteamérica.
La conversación fue lo bastante interesante para mantener ocupada la mente de Rathbone y, no obstante, también sumamente amena. No recordaba haber sido nunca tan feliz, y cuando se retiró a su estudio a leer unos pocos documentos que tenía pendientes se sorprendió sonriendo sin otro motivo que su paz interior.
Ya caía la noche y por fin refrescaba un poco cuando el mayordomo llamó a la puerta y anunció la visita de su suegro, que había pedido verlo. Naturalmente, Rathbone se avino de inmediato, si bien no dejó de sorprenderle que Arthur Ballinger pidiera verlo a él en concreto en vez de incluir también a su hija.
Cuando entró en el estudio pegado a los talones del sirviente, Rathbone reparó a simple vista en que le traía un asunto de cariz más profesional que personal. Ballinger era un abogado de prestigio que gozaba de una excelente reputación. De vez en cuando lo había tratado por motivos de trabajo, pero hasta la fecha no tenían clientes en común ya que Rathbone ejercía sobre todo en casos importantes de derecho penal.
Ballinger cerró la puerta del estudio a sus espaldas para asegurar su privacidad y luego fue a sentarse en la butaca de enfrente de Rathbone casi sin prestar atención al saludo de su yerno. Era un hombre corpulento y bastante robusto, de abundante pelo castaño ligeramente entrecano. Sus rasgos eran enérgicos. Margaret había heredado de su madre toda la delicadeza de su rostro y su porte.
