Pero nada de eso tenía que ver con el problema que Ellen tenía en ese momento. ¿Cómo explicar la existencia de una cuna de más? No podía.

– Si no puedo llevar a Benjamín a su madre tendré que explicarle lo que está pasando. Estará despierta preguntándose…

Pero Jock no era fácil de convencer. Tenía en la mano una última carpeta y había visto la cuna que le correspondía.

– Jason, aquí tienes -dijo a un bebé de una semana que lo ignoro por completo. Luego se giró. Sobraba una cuna. No se había equivocado, había un bebé de más.

– Tengo que irme…

– ¡Ellen, quédate! -gruñó Jock, dirigiéndose hacia la cuna cuya cesta rosa no tenía el historial-. Sabía que tenía razón -dijo satisfecho, con los ojos brillantes-. Mis matemáticas no son del todo malas. Así que, ¿quién eres tú, pequeña?

El bebé era una niña diminuta, quizá de cuatro o cinco semanas, que no hizo caso a Jock. Su rostro pequeño parecía concentrado en dormir. Tenía la cabeza cubierta por un pelo fuerte y un rostro precioso.

– Ellen…

– Doctor Blaxton, de verdad tengo que irme -repitió Ellen, ya en la puerta.

– No -protestó Jock, poniendo las manos sobre la cuna del bebé-. No hasta que me la presentes.

– Tengo que buscar a…

– ¿La historia? -terminó por ella Jock, con un brillo en los ojos-. Te repito que no está. Ya he revisado todas las historias y esta pequeña no tiene.

– Tiene que tener.

– Ellen…

– Mira, si crees que tengo tiempo que perder, intentando…

Ellen dio dos pasos y trató de pasar, pero Jock bloqueó la puerta.

– Ellen, ¿quién es esta niña? ¿Nos hemos convertido en una guardería?

– No seas estúpido.

– Ellen, no tiene ninguna pulsera con su nombre -la voz de Jock era implacable-. No tiene historial y no la conozco. Por mucho que lo intento, no la recuerdo. Nunca he visto a esta niña antes.



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