La mujer se sentó finalmente.

– ¡Me siento como si fuera un perro!

– Eres más que eso. Te conozco, Ellen Silverton y eres testaruda, valiente y se te da bien hacer el papel de inocente, pero… -el hombre hizo un gesto con la cabeza al ver que la enfermera comenzaba a levantarse-. No. Esta sala está bajo mi responsabilidad. Todas las enfermeras de noche me rehuyen y quiero saber por qué.

– Si quieres decir que te evitan, te puedo decir la razón. Tienes fama de…

– ¿Fama? -repitió Jock, colocando los historiales en cada cuna-. ¿Qué quieres decir con eso?

– Si no sabes lo que opinan de ti, entonces eres menos inteligente de lo que yo creía -contestó Ellen, observando a Jock yendo de una a otra cuna.

Ella había hecho todo lo posible. Él iba a descubrirlo y si lo contaba… ¿Lo contaría? ¿Cómo saberlo? Desde luego ella no. Después de doce meses trabajando con él, seguía siendo un desconocido para ella.

Hubo un tiempo en que lo conoció bien. Jock había sido un niño estupendo, recordó. La madre de Jock era muy amiga de Ellen y Jock había crecido con sus propios hijos. Cuando la madre murió, al cumplir Jock los diez años, el padre sufrió una depresión y se lo llevó a vivir fuera. Ellen estuvo sin ver a Jock durante veinte años, hasta que éste volvió como un obstetra reputado, mucho más reservado y enigmático de lo que ella recordaba.

Y mucho más alto…

Medía casi dos metros y tenía un cuerpo impresionante. Con músculos y más músculos… Su cabello era negro y su rostro de facciones duras. Los ojos, de un azul oscuro, parecían los de un águila. La boca reía cuando menos lo esperabas, con una risa tan contagiosa que tenías que unirte a ella.

Sus pacientes lo amaban y todas las enfermeras solteras estaban enamoradas de él, sin dejar de preguntarse por qué seguía sin pareja y desaparecía a Sydney cada vez que podía. Ellen sabía que tenía problemas. Fantasmas del pasado que lo perseguían y le mantenían apartado de todos. Era como si tuviera miedo de comprometerse con la vida. Con el amor…



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