– ¿Te dirigiste a ella como Diane? ¿Como si fuerais amigos de toda la vida?

– ¡Callad de una puñetera vez! -dijo Nate vociferando, al tiempo que su cara reflejaba su creciente exasperación.

En la pantalla, Jeremy seguía departiendo.

– Lo que Clausen hace es simplemente una variación de lo que la gente ha estado haciendo durante siglos. Primero, es muy hábil observando a la gente, y es un experto en emitir asociaciones vagas, con una gran carga emotiva, y en responder según las reacciones de los miembros de la audiencia.

– Sí, pero Clausen fue tan concreto… No sólo con usted, sino también con los otros invitados. Incluso dio nombres. ¿ Cómo lo hizo?

Jeremy sonrió magnánimamente.

– Me oyó hablar sobre mi hermano Marcus antes de que empezara el programa. Simplemente me inventé una vida imaginaria y la difundí entre el resto del público.

– ¿Cómo llegó hasta los oídos de Clausen?

– Esa clase de farsantes recurre a una infinidad de trucos, como por ejemplo micrófonos y espías que circulan por el área de espera antes de que empiece el espectáculo. Antes de sentarme, procuré moverme todo lo posible por la sala y entablar conversación con tantos miembros de la audiencia como pude, observando si alguno de ellos mostraba un interés inusual en mi historia. Y ¡cómo no!, un individuo pareció particularmente interesado.

Una foto ampliada ocupó la pantalla situada justo detrás de ellos. Era la foto que Jeremy había tomado con la pequeña cámara que llevaba oculta en su reloj de pulsera, un artilugio de última tecnología que había facturado a Scientific American sin sentir remordimiento alguno. A Jeremy le encantaban los juguetes de última tecnología casi tanto como el hecho de facturarlos a nombre de las empresas para las que trabajaba.

– ¿Puede explicarnos quién es el individuo que aparece en la foto que vemos en pantalla? -le pidió Diane.



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