– ¡Ooohhhhhhh…! -exclamó Alvin, y a partir de ese momento fue imposible seguir el resto de la transmisión (que de todos modos estaba a punto de concluir), porque el resto de los reunidos, ya fuera por celos profesionales o simplemente por las enormes ganas que tenían de pasarlo bien, empezaron a silbar y a chillar como posesos. Las rondas gratis habían surtido el efecto esperado, y a Jeremy le llovieron las felicitaciones cuando el programa tocó a su fin.

– Estuviste genial -declaró Nate.

A sus cuarenta y tres años, Nate se estaba quedando calvo y mostraba una tendencia a vestir trajes que le venían demasiado ajustados de emitirá, lo cual era más evidente dada su corta estatura. Pero eso no importaba, porque ese hombre era la mismísima encarnación de la energía incombustible y, como la mayoría de los agentes, derrochaba pensamiento positivo con un ferviente optimismo.

– Gracias -suspiró Jeremy, apurando la cerveza que quedaba en su jarra.

– No te quepa la menor duda, tu intervención en ese programa será sumamente importante para tu futuro laboral-agregó Nate-. Es tu visado para que te inviten a participar en las tertulias televisivas de los programas con mayor audiencia del país.Se acabó matarte trabajando como un miserable reportero independiente, se acabó escribir historias sobre platillos voladores. Siempre he dicho que tienes empaque, que estás hecho para salir en la tele.

– Ya, siempre lo has dicho -apostilló Jeremy al tiempo que realizaba una mueca de cansancio, como si estuviera recitando una lección que se sabía de memoria.

– De verdad. Los productores de Primetime Live y GMA no paran de llamar; están interesados en ficharte como convidado habitual en sus tertulias. Ya sabes, «¿qué significa para usted la siguiente información científica de última hora?» y preguntas por el estilo. Un gran paso para un reportero científico.



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