– Soy periodista, no reportero -dijo Jeremy con voz altiva.

– Bueno, lo que sea -repuso Nate, realizando un movimiento con la mano como si espantara moscas-. Siempre he dicho que tienes presencia, que estás hecho para lucirte en la tele.

– Tengo que admitir que Nate tiene razón -añadió Alvin Con un guiño-. Quiero decir, ¿cómo si no podrías ser más popular que yo entre las mujeres, con esa absoluta falta de personalidad?

Durante muchos años, Alvin y Jeremy habían frecuentado la mitad de los bares de la ciudad juntos, en busca de aventuras amorosas.

Jeremy soltó una estentórea carcajada. Alvin Bernstein, cuyo nombre evocaba a un contable con gafas de aspecto impecablemente aburrido -uno de los incontables profesionales que usaban zapatos de la marca Florsheim y que se paseaban con un maletín bajo el brazo-, no parecía un Alvin Bernstein. De adolescente había visto a Eddie Murphy en la película Delirious y había decidido adueñarse de ese estilo de vestir exclusivamente con prendas de piel. Su armario horrorizaba a Melvin, su progenitor, quien siempre calzaba zapatos Florsheim y se paseaba con un maletín bajo el brazo. Afortunadamente, la ropa de piel parecía no estar reñida con los tatuajes. Alvin consideraba que los tatuajes eran un reflejo de su estética tan singular, y los lucía con orgullo en ambos brazos, cubriendo cada centímetro de su piel hasta casi los hombros. Y para complementar su imagen tan estudiada, llevaba las orejas taladradas de pírsines.

– ¿Todavía estás planeando realizar el viaje al sur para investigar ese cuento sobre fantasmas? -le preguntó Nate, cambiando de tema.

Jeremy se apartó el pelo oscuro de los ojos e hizo una señal al camarero para que le sirviera otra cerveza.

– Sí, creo que sí. Con o sin Primetime, todavía tengo facturas por pagar, y estaba pensando que podría usar esa historia como tema recurrente para el artículo de mi columna.



15 из 344