– Pues a mí me suena como el sitio ideal para vivir una aventurilla amorosa -soltó Alvin entre risas.

– No te preocupes. Estoy seguro de que te adaptarás perfectamente.

– ¿De veras?

Jeremy se fijó en la chaqueta de piel, en los tatuajes y en los pírsines de su compañero.

– Oh, no te quepa la menor duda. Seguramente los aldeanos se morirán de ganas por adoptarte.

Capítulo 2

El martes al mediodía, un día después de la entrevista con la revista People, Jeremy llegó a Carolina del Norte. Caía aguanieve sobre Nueva York cuando abandonó la ciudad, y las previsiones apuntaban a nuevas nevadas para los siguientes días. En el sur, en cambio, el cielo que se extendía sobre su cabeza era rabiosamente azul, y el invierno parecía haber quedado lejos, muy lejos.

Según el mapa que había adquirido en un quiosco del aeropuerto, Boone Creek se hallaba en el condado de Pamlico, a ciento sesenta kilómetros al sur de Raleigh y, por lo que veía, a un billón de kilómetros de todo vestigio de civilización. A ambos lados de la carretera por la que circulaba, el paisaje era completamente monótono: llano y sin apenas vegetación. Las granjas quedaban separadas entre sí por finas líneas de pinos y, dado el reducido número de vehículos con los que se cruzaba, lo único que Jeremy podía hacer para matar el aburrimiento era apretar el acelerador.

No obstante, tenía que admitir que la situación no era tan terrible, después de todo. Bueno, al menos en lo que concernía al acto de conducir. Sabía que la leve vibración del volante, el ruido del motor y la sensación de aceleración provocaban un aumento de la producción de adrenalina, especialmente en los hombres (una vez había escrito un artículo sobre ese tema). En la ciudad, tener un coche le parecía un lujo superfluo. Además, aunque lo hubiera querido, tampoco habría sido capaz de justificar ese gasto.



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