
Jeremy se quedó pensativo unos instantes, después se encogió de hombros.
– De acuerdo -dijo. Luego miró a Alvin-. Tengo pensado marcharme el martes por la mañana. Intenta apañártelas para estar allí el viernes. Te llamaré con más detalles.
Alvin asió la jarra de cerveza y tomó un sorbo.
– Lo que mande mi amo -dijo, imitando el tono de un trabajador sumiso-. Ah, y te prometo que esta vez no me pasaré con la factura.
Jeremy se echó a reír.
– ¿Es tu primer viaje al sur?
– No. ¿Y el tuyo?
– He estado en Nueva Orleans y en Atlanta -reconoció Jeremy-. Pero claro, eso son ciudades, y todas las ciudades se asemejan bastante. Para esta historia realizaremos una inmersión en la América profunda. Iremos a una pequeña localidad de Carolina del Norte, un pueblecito llamado Boone Creek. Tendrías que ver la página electrónica del lugar. Habla de azaleas y cornejos que florecen en abril, y muestra con orgullo una foto del ciudadano más ilustre del pueblo: un tal Norwood Jefferson.
– ¿Quién? -preguntó Alvin.
– Un político. Fue senador de Carolina del Norte desde 1907 hasta 1916.
– ¿Y a quién diantre le importa eso?
– Eso mismo pensé yo -asintió Jeremy. Después desvió la vista hacia la otra punta de la barra, y su rostro mostró una visible decepción cuando constató que la chica pelirroja se había esfumado.
– ¿Dónde está ese pueblo exactamente?
– Justo en medio de la nada. Y ahora me preguntarás: «¿Y dónde diantre nos alojaremos en ese lugar situado en medio de la nada?». Pues en un complejo de búngalos denominado Greenleaf Cottages, al que la Cámara de Comercio local describe como un paraje pintoresco y bucólico, rústico pero moderno a la vez. Vaya, que menos es nada.
