Ella creía, según averiguó él al cabo de un tiempo, que su matrimonio era fuerte en teoría pero estaba edificado sobre unos cimientos escasamente sólidos. Desde el principio, el punto clave del que partieron todos sus problemas fue que, mientras que ella tenía que quedarse en la ciudad a causa de su trabajo, Jeremy no paraba de viajar, siempre dispuesto a desplazarse hasta donde fuera necesario con tal de conseguir la historia más sensacionalista que uno pudiera llegar a imaginar. A veces se ausentaba durante varias semanas, y mientras que él se decía a sí mismo que ella lo soportaría, María debió de darse cuenta durante sus ausencias de que no era así. Justo después de su segundo aniversario de bodas, cuando Jeremy ultimaba los preparativos para otro viaje, María se sentó a su lado en la cama, le cogió la mano y lo miró fijamente con sus ojos castaños.

– Esto no funciona -dijo simplemente, dejando las palabras colgadas en el aire durante unos instantes-. Nunca estás en casa. Y no creo que sea justo, ni para mí ni para ti.

– ¿Quieres que cambie de profesión? -preguntó él, al tiempo que sentía cómo empezaba a hincharse la burbuja de pánico que se había formado en su pecho.

– No, pero quizá podrías encontrar trabajo en algún periódico local, como por ejemplo en el Times, o el Post, o el Daily News.

– Mira, este ritmo tan frenético no durará siempre; es sólo transitorio -masculló él.

– Lo mismo dijiste hace seis meses. No, sé que no cambiará.

Jeremy recapacitó y se dijo que debería de haberse tomado esa conversación como lo que era: un aviso. No obstante, en esos momentos sólo le interesaba la nueva historia que estaba preparando sobre las pruebas nucleares en Los Álamos. Ella esbozó una sonrisa insegura cuando se despidió de él, y Jeremy dedicó unos segundos a pensar en esa expresión mientras estaba sentado en el avión; pero cuando regresó a casa, María se comportó como si nada hubiera pasado, y pasaron todo el fin de semana acurrucados cariñosamente en la cama.



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