Fue entonces cuando ella empezó a hablar de tener un hijo, y a pesar de que Jeremy se sintió inicialmente nervioso, poco a poco se fue animando con la idea. Pensó que ella se había resignado a sus viajes; sin embargo, la armadura protectora de su relación se había resquebrajado irreparablemente, y unas imperceptibles fisuras empezaron a aflorar con cada nueva ausencia. La separación se materializó un año más tarde, justo un mes después de asistir a una cita concertada con un médico de la zona Upper East Side, quien selló el futuro de ellos irremediablemente. Las consecuencias fueron letales, incluso peor que las malas caras a causa de sus constantes viajes por trabajo. Esa visita marcó el final de su relación, y Jeremy fue plenamente consciente de ello.

– No puedo continuar así -se sinceró María más tarde-. Me gustaría seguir intentándolo, y una parte de mí siempre estará enmorada de ti; pero no puedo.

No fue necesario que dijera nada más, y en los duros momentos de soledad después del divorcio, Jeremy a veces se cuestionaba si alguna vez ella había llegado a amarlo. Podrían haberlo conseguido, se decía a sí mismo. Pero al final comprendió intuitivamente por qué ella lo había abandonado, y no le guardó ningún rencor. Ahora incluso hablaban de vez en cuando por teléfono, a pesar de que Jeremy no tuvo el coraje de asistir a la boda de María con un abogado que vivía en Chappaqua tres años más tarde de su separación.

Hacía siete años que se habían divorciado, y para ser honestos, era la única experiencia adversa que le había deparado la vida. Sabía que poca gente podía decir eso. Jamás había sufrido ningún accidente grave, tenía una vida social muy activa, y no estaba afligido por ningún trauma psicológico infantil como parecía que le pasaba a la mayoría de su generación.



22 из 344