
– No puedo continuar así -se sinceró María más tarde-. Me gustaría seguir intentándolo, y una parte de mí siempre estará enmorada de ti; pero no puedo.
No fue necesario que dijera nada más, y en los duros momentos de soledad después del divorcio, Jeremy a veces se cuestionaba si alguna vez ella había llegado a amarlo. Podrían haberlo conseguido, se decía a sí mismo. Pero al final comprendió intuitivamente por qué ella lo había abandonado, y no le guardó ningún rencor. Ahora incluso hablaban de vez en cuando por teléfono, a pesar de que Jeremy no tuvo el coraje de asistir a la boda de María con un abogado que vivía en Chappaqua tres años más tarde de su separación.
Hacía siete años que se habían divorciado, y para ser honestos, era la única experiencia adversa que le había deparado la vida. Sabía que poca gente podía decir eso. Jamás había sufrido ningún accidente grave, tenía una vida social muy activa, y no estaba afligido por ningún trauma psicológico infantil como parecía que le pasaba a la mayoría de su generación.
