– ¿Recuerda la carta que le envió antes de morir? -inquirió Clausen.

La mujer lo miró con estupefacción. La azafata situada a su lado le acercó más el micrófono para que los televidentes pudieran oírla con más claridad.

– ¿Cómo es posible que sepa lo de la…? -balbuceó ella.

Clausen no la dejó terminar.

– ¿Recuerda lo que decía?

– Sí -respondió la mujer.

Causen asintió con la cabeza, como si él mismo hubiera leído esa carta.

– Le pedía perdón, ¿verdad?

En el sofá emplazado en el escenario, la presentadora del programa más popular de las tardes televisivas en Estados Unidos desvió la vista hacia la mujer, luego hacia Clausen, y de nuevo hacia la mujer. Su aspecto denotaba sorpresa y satisfacción a la vez. Los espiritistas siempre ayudaban a aumentar los índices de audiencia.

Mientras la mujer asentía, Jeremy vio cómo el rímel empezaba a deslizarse lentamente por sus mejillas. Las cámaras se acercaron al objetivo para mostrar ese matiz. Sin lugar a dudas, ése debía de ser uno de los momentos más conmovedores de los programas emitidos en aquella franja horaria.

– ¿Cómo es posible que…? -repitió la mujer.

– Y su esposo no sólo hablaba de él, sino también de su hermana -murmuró Clausen.

La mujer miró a Clausen visiblemente afectada.

– Su hermana Ellen -añadió Clausen, y tras esa revelación, la mujer no se pudo contener y lanzó un gemido desgarrador. Las lágrimas manaron de sus ojos como si de un surtidor se tratara.

Clausen, bronceado y elegante en su traje negro y con el pelo perfectamente acicalado, continuó asintiendo con la cabeza como uno de esos perritos de caucho que saludan a los transeúntes desde las ventanas traseras de determinados coches. La audiencia observó a la mujer en medio de un silencio espectral.

– Frank le dejó algo más, algo relacionado con su pasado.

A pesar del calor sofocante que provocaban los focos del estudio la mujer palideció repentinamente.



3 из 344