En una de las esquinas del plató, fuera del alcance del área de visión de las cámaras, Jeremy vio cómo el productor del programa hacía rotar un dedo como si de una hélice de helicóptero se tratara. Había llegado el momento de hacer una pausa para dar paso a los anuncios. Clausen miró casi imperceptiblemente hacia esa dirección. Nadie excepto Jeremy pareció percatarse de esos movimientos tan sutiles. A menudo se preguntaba por qué los telespectadores jamás se cuestionaban cómo era posible establecer contacto con el más allá con tanta precisión como para poder encajar perfectamente las pausas publicitarias.

Clausen continuó.

– Algo que nadie más sabía. Una llave, ¿no es así?

La mujer volvió a asentir en medio de sollozos.

– Usted no creía que él la hubiera guardado tanto tiempo, ¿no es cierto?

«¡Ajá! El argumento irrebatible -se dijo Jeremy-, ya la ha convencido. Ya tenemos a otra seguidora incondicional.»

– Es la llave del hotel donde pasaron su luna de miel. Su marido la incluyó en el sobre con la carta para que cuando usted la encontrara, recordara los momentos felices que habían pasado juntos. Él no quiere que le recuerde con pesar, porque la ama.

– ¡Ooohhhhhhh…! -gritó la mujer.

O algo parecido. Una especie de llanto, quizá. Jeremy no estaba seguro, porque el lamento fue interrumpido por un repentino aplauso entusiasta. De pronto, el micrófono se alejó de la mujer, y las cámaras también se alejaron de ella. Su minuto de gloria había culminado, y la mujer se desmoronó en su silla completamente exhausta por tantas emociones. En el escenario, la presentadora se levantó del sofá y miró fijamente a la cámara.

– Recuerden, todo lo que ven aquí es real. Ninguna de estas personas conocía a Timothy Clausen con anterioridad. -Sonrió-. No cambien de canal; volvemos en unos minutos con otras historias tan fascinantes como la que acaban de oír.



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