
Nate era el agente de Jeremy. El mejor amigo de Jeremy se llamaba Alvin y trabajaba de cámara independiente. El grupo se había congregado en un bar de moda situado en el Upper West Side de Manhattan para celebrar la intervención de Jeremy en el programa Primetime Live de la ABC. Durante toda la semana habían ido apareciendo anuncios de Primetime Live -la mayoría de ellos con un primer plano de Jeremy y la promesa de una confesión explosiva-, y a Nate no paraban de lloverle las ofertas desde todos los puntos cardinales del país para entrevistar a Jeremy. Un poco antes, esa misma tarde, había recibido una llamada de la reputada revista People y finalmente había concertado una entrevista para el lunes siguiente.
A nadie parecía importarle el hecho de que no se hubiera organizado una fiesta privada para celebrar la ocasión. Con la interminable barra de granito y una iluminación impresionante, el abarrotado local parecía el paraíso de los yuppies. Mientras los periodistas de la revista Scientific American, agrupados en una de las esquinas del local y concentrados en una conversación acerca de fotones, mostraban una tendencia casi enfermiza por las americanas de tweed con bolsillos ribeteados de piel, el resto de la concurrencia parecía que se había dejado caer por allí después de un arduo día de trabajo en Wall Street o en Madison Avenue. Con las americanas de impecables trajes italianos reposando sobre el respaldo de las sillas y corbatas Hermès aflojadas en los cuellos, esos individuos parecían no buscar otra cosa más que atraer la atención de las mujeres mediante una exhibición descarada de sus Rolex. Ellas, por su parte, tenían aspecto de haber venido directamente desde la empresa de mercadotecnia o la agencia de publicidad en la que trabajaban.
