
– Soy Maggie Brown -dijo la muchacha, extendiendo la mano. El la estrechó, sorprendido de hallarla tan fresca. Sentía la piel febril. ¿Maggie Brown? Ella se apartó un mechón de pelo que le llegaba hasta los hombros, y Baedecker de nuevo tuvo la sensación de haberla visto antes. Debía de haber trabajado para la NASA, aunque parecía demasiado joven para…
– Soy amiga de Scott -dijo ella con una sonrisa. Tenía boca ancha, y un pequeño orificio entre los dientes frontales. El efecto era curiosamente agradable.
– La amiga de Scott. Desde luego. Hola. -Baedecker le volvió a darla mano y miró en torno otra vez. Varios taxistas se habían acercado para ofrecer sus servicios. Baedecker meneó la cabeza, pero sólo parlotearon más. Baedecker cogió el codo de la joven y se apartó de la turba gesticulante-. ¿Qué haces aquí, en la India? Y en este lugar. -Baedecker señaló la calle angosta y la larga sombra de la terminal. Ahora la recordaba. Joan le había enseñado una foto la última vez que Baedecker estuvo en Boston. Los ojos verdes se le habían grabado en la memoria.
– Hace tres meses que estoy aquí -dijo ella-. Scott rara vez tiene tiempo para verme, pero voy allí cuando está libre. A Poona, quiero decir. Encontré un trabajo de gobernanta… no gobernanta, en realidad, sino una especie de tutora. La familia de un médico. Buena gente. Vive en el sector británico. De todos modos, estaba con Scott la semana pasada, cuando recibió su telegrama.
– Oh -dijo Baedecker. No se le ocurrió otra respuesta en varios segundos. En el cielo trepaba un pequeño reactor-. ¿Scott está allí? Pensaba que lo vería en… Poona.
– Scott está en un retiro, en la granja del Maestro. No regresará hasta el martes. Me pidió que le avisara. Yo estoy visitando a una vieja amiga de la Fundación Educativa de Vieja Delhi.
– ¿El Maestro? ¿Te refieres a ese gurú?
