Aquel año, en Roma, la lucha se trasladó de los campos de batalla al propio Foro, en el que se sucedieron sangrientos disturbios en medio de una exacerbada demagogia política. El partidario de Mario, Saturnino, había conseguido (con ayuda de su colega Glaucia, y merced al asesinato de otro tribuno de la plebe) ser reelegido para asegurar que durante su mandato se concedían parcelas a los veteranos del censo por cabezas que habían servido en el ejército del polémico cónsul de Arpino.

Era el principal inconveniente de reclutar en las legiones hombres sin propiedades; al no tener nada y recibir poca paga, Roma estaba obligada a recompensar sus servicios una vez concluidas las campañas, y Mario les había prometido tierras, aunque fuera de Italia. Su propósito era difundir la cultura y costumbres romanas por el territorio en expansión de las provincias (en las que Roma poseía vastas extensiones de tierra pública) mediante un asentamiento en el extranjero de estos veteranos del censo por cabezas. De hecho, la controvertida cuestión de conceder tierras públicas de Roma a los ex combatientes de las clases inferiores, contribuiría enormemente en último extremo a la caída de la república romana, pues el Senado, insensible y de escasa visión, se negaría persistentemente a ceder a los deseos de los generales respecto a la concesión de tierras. Esta postura haría que, con el tiempo, los veteranos del censo por cabezas optaran por mostrarse leales a los generales (predispuestos a la cesión) antes que a Roma (que por medio del Senado se las negaba).

La oposición senatorial a las dos leyes agrarias de Saturnino fue obstinada y violenta, pese a que el tribuno de la plebe contaba con cierto apoyo por parte de las clases altas. La primera ley se aprobó sin complicaciones, pero la segunda sólo pudo aprobarse porque Mario obligó a los senadores a jurar que la acatarían; Metelo el Numídico se negó a prestar juramento y partió voluntariamente al exilio tras pagar una cuantiosa multa, estipulada por rehusar el juramento.



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