El ambiente se caldeó durante las elecciones consulares al asesinar Glaucia a otro candidato; Mario convocó al Senado, que promulgó un decreto inapelable (una especie de ley marcial), y todos sus miembros y seguidores se dirigieron a sus casas a armarse y presentar batalla en el Foro. Saturnino y Glaucia contaban con que las clases bajas, amenazadas de hambruna, se sublevaran, pero éstas no estuvieron por la labor y optaron por retirarse mansamente a sus barrios. Con Sila de lugarteniente, Mario venció a las limitadas fuerzas que le quedaron a Saturnino, quien buscó refugio en el templo de Júpiter Optimus Maximus, pero se vio obligado a rendirse al cortar Sila el abastecimiento de agua al Capitolio.

Glaucia se suicidó, y Saturnino y el resto de sus partidarios más próximos quedaron presos en la sede del Senado para ser juzgados por traición, un juicio que los senadores no ignoraban haría tambalear el ya desvencijado marco constitucional de Roma. Sila resolvió el problema encabezando ocultamente a un grupo de jóvenes aristócratas que subieron a la techumbre de la Cámara y desde ella acabaron con Saturnino y sus seguidores lapidándoles con las tejas.

La ley frumentaria de Saturnino fue derogada, pero Mario -ya con cincuenta y siete años- tuvo que aceptar el hecho de que su carrera política estaba truncada. Seis veces cónsul, pensó que no se iba a cumplir el vaticinio de la adivinadora siria. Por otra parte, Sila, que esperaba ser elegido pretor al año siguiente, decidió que había de apartarse de Mario, ya en declive, para no enturbiar su propia carrera política.


Durante aquellos diez años, la vida privada y los amores de Mario y Sila habían seguido derroteros distintos.

El matrimonio de Mario con Julia era feliz.



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