En el 103 a. de J.C., Mario vuelve a ser elegido cónsul, y, gracias a los buenos oficios de Lucio Apuleyo Saturnino, accede por cuarta vez al cargo en el 102 a. de J.C., el año de la llegada de los germanos, cuando sus enemigos del estamento senatorial estaban a punto de quitarle el mando.

Gracias a la buena labor de espionaje de Sila y Sertorio, Mario conocía la sorprendente estrategia de los germanos, que, dirigidos por un notable caudillo, el rey Boiorix, que había dividido la migración en tres grandes contingentes para proceder a la invasión de Italia con un frente de tres puntas. Uno de los contingentes, el de los teutones, avanzaría siguiendo el río Rhodanus (el Ródano), penetrando en la península por los Alpes occidentales; otra división formada por los cimbros (al mando del propio Boiorix) invadiría la Italia central norte por el paso alpino del Brennero; el tercer contingente, de composición bastante abigarrada, tenía previsto cruzar los Alpes orientales y avanzar en dirección a Venecia, confluyendo así los tres grupos en la península italiana para lanzarse a la conquista de Roma.


El colega consular de Mario en el año 102 a. de J.C., Quinto Lutacio Catulo, era un rancio aristócrata de la familia de César con grandes ínfulas, pero sin talento militar, como muy bien sabía Mario. Al elegir como posición de combate las proximidades de la actual Aix-en-Provence para interceptar a los teutones, Mario se vio obligado a dejar en manos de Catulo César la misión de hacer frente a los cimbros. (El tercer contingente de germanos retrocedió en dirección a Germania mucho antes de la fecha que tenían prevista para cruzar los Alpes.) Con su ejército de veinticuatro mil hombres, Catulo César recibió órdenes del Senado de avanzar en dirección norte para interceptar el avance cimbro, pero Mario, desconfiando de él, le envió a Sila como lugarteniente, con órdenes de hacer cuanto pudiese por salvar a las valiosas tropas de Catulo César, pese a los graves errores que éste pudiese cometer.



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