
– Tal vez sea hora de que vuelvas a París -dijo Stevie con prudencia.
Sabía que allí persistían fantasmas para ella, pero, quince años después y tras vivir ocho años con Sean, suponía que ya no afectarían a Carole. Fuera lo que fuese lo que le sucedió a Carole en París, se había curado hacía mucho y de vez en cuando aún hablaba con cariño de la ciudad.
– No lo sé -dijo Carole, pensando en ello-. Llueve mucho en noviembre. Aquí hace muy buen tiempo.
– No parece que el buen tiempo te ayude a escribir el libro, pero puedes pensar en otro sitio. Viena, Milán, Venecia, Buenos Aires, Ciudad de México… Hawai… Puede que necesites pasar unas semanas en la playa, si buscas buen tiempo.
Pero ambas sabían que la meteorología no era el problema.
– Ya veremos -dijo Carole con un suspiro mientras se levantaba de la silla-. Lo pensaré.
Carole era alta, aunque no tanto como su asistente. Era delgada, ágil y conservaba una bonita figura. Hacía ejercicio, pero no lo suficiente para justificar su apariencia. Tenía unos genes estupendos, una buena estructura ósea, un cuerpo que desafiaba sus años y un rostro que mentía acerca de su edad, y no había recurrido a la cirugía.
Carole Barber era una mujer hermosa. Su cabello seguía siendo rubio y lo llevaba largo y liso, a menudo recogido en una cola de caballo o un moño. Desde que tenía dieciocho años, los peluqueros del plato se lo pasaban en grande con su sedoso pelo rubio. Sus ojos eran enormes y verdes; sus pómulos, altos; sus rasgos, delicados y perfectos.
