
– Salgo a hacer unos recados -le dijo a Stevie al cabo de unos minutos.
Se había puesto un suéter blanco de cachemira sobre los hombros y llevaba un bolso de cocodrilo beis de Hermès. Le gustaba la ropa sencilla pero buena, sobre todo si era francesa. A sus cincuenta años, Carole tenía algo que te recordaba a Grace Kelly a los veinte. Poseía la misma elegancia aristocrática, aunque Carole parecía más cálida. Carole no tenía nada de austero y, habida cuenta de quién era y de la fama de que había disfrutado durante toda su vida adulta, era sorprendentemente humilde. Como a todo el mundo, a Stevie le encantaba ese aspecto de ella. Carole no se lo tenía nada creído.
– ¿Quieres que haga algo por ti? -se ofreció Stevie.
– Sí, escribe el libro mientras estoy fuera. Mañana se lo enviaré a mi agente.
Carole había contactado con una agente literaria, pero no tenía nada que enviarle.
– Hecho -le respondió Stevie con una sonrisa-. Me quedaré al cargo del fuerte. Tú vete a Rodeo Drive.
