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En una tranquila y soleada mañana de noviembre, Carole Barber levantó la vista del ordenador y se quedó mirando el jardín de su casa de Bel-Air. Era una gran mansión laberíntica de piedra en la que llevaba viviendo quince años. Desde la soleada habitación acristalada que utilizaba como estudio se veían los rosales que había plantado, la fuente y el estanque que reflejaba el cielo. La vista era sosegada y la casa se hallaba en silencio. Sus manos apenas se habían movido sobre el teclado durante la última hora. Resultaba más que frustrante. Después de una larga carrera de éxitos en el cine, Carole trataba de escribir su primera novela. Aunque llevaba años escribiendo relatos breves, nunca había publicado ninguno. Una vez incluso intentó escribir un guión. A lo largo de su matrimonio, ella y su difunto marido, Sean, habían hablado de hacer una película juntos, pero nunca encontraron tiempo para ello. Sus campos de actividad principales les ocupaban demasiado.
Sean era productor y director y ella era actriz. En realidad, Carole Barber era una estrella de primer orden desde los dieciocho años, y hacía dos meses que había cumplido los cincuenta. Por decisión propia, llevaba tres años sin participar en ninguna película. A su edad, pese a poseer una belleza aún extraordinaria, los buenos papeles escaseaban.
Carole dejó de trabajar cuando Sean cayó enfermo, y en los dos años transcurridos desde su muerte se había dedicado a viajar para visitar a sus hijos en Londres y Nueva York. Su defensa de diversas causas, relacionadas sobre todo con los derechos infantiles y de la mujer, la había llevado a Europa varias veces, a China y a países subdesarrollados de todo el mundo. Le preocupaban mucho la injusticia, la pobreza, la persecución política y los crímenes contra los inocentes y los indefensos. Llevaba diarios de todos sus viajes, y había escrito uno muy conmovedor en los meses previos a la muerte de Sean. En los últimos días de la vida de Sean, ambos hablaron de la posibilidad de que ella escribiese un libro.
