
A Carole le encantaba vagar por París. Siempre le había encantado, incluso cuando sus hijos eran pequeños. Les llevaba de paseo por toda la ciudad, a todos los monumentos y museos, y también a jugar al Bois de Boulogne, las Tullerías, Bagatelle y los Jardines de Luxemburgo. Allí habían sido felices, aunque Chloe recordaba muy poco de aquel tiempo y Anthony se alegró de volver a casa. El niño echaba de menos el béisbol, las hamburguesas y los batidos, la televisión estadounidense y la Super Bowl. Al final, resultó difícil convencerle de que la vida era más emocionante en París. Para Anthony no lo era, aunque tanto él como su hermana habían aprendido francés, igual que Carole. Anthony todavía lo hablaba un poco, pero Chloe lo había perdido, y en el avión Carole había comprobado con alegría que aún podía arreglárselas bastante bien. Pocas veces tenía la oportunidad de practicarlo. Cuando vivían allí se esforzó y llegó a hablarlo con mucha soltura. Aún se defendía muy bien, aunque con la confusión entre le y la típica de los estadounidenses. Para cualquier persona que no hubiese crecido entre francófonos era difícil hablarlo a la perfección. Sin embargo, cuando vivían allí Carole había estado muy cerca de dominar el idioma, y dejaba impresionados a todos sus amigos franceses.
Cruzó hasta la Rive Gauche por el puente de Alejandro III, en dirección a los Inválidos, y luego subió por los muelles, pasando junto a todos los anticuarios que aún recordaba. Bajó por la rue des Saint Pères y con paso lento puso rumbo a la rue Jacob. Había vuelto allí como una paloma mensajera, y se metió por el corto callejón en el que estaba su casa.
