
Durante los ocho primeros meses que pasó en París con sus hijos, vivieron en un piso que el estudio alquiló para ellos, pero que para ella, los dos niños, una secretaria y una niñera resultaba pequeño y al final se trasladaron a un hotel durante unas pocas semanas. Carole matriculó a los niños en un colegio estadounidense y, cuando terminó la película y decidió quedarse con su familia en París, encontró esa casa, justo detrás de la rue Jacob. La vivienda era una pequeña joya que daba a un patio particular y contaba con un jardín precioso en su parte trasera. La casa poseía las dimensiones adecuadas y tenía mucho encanto. Las habitaciones de los niños y la niñera, con ventanas
oeil de boeuf y mansarda, estaban en el último piso. Su habitación en el piso inferior era digna de María Antonieta, con techos muy altos, cristaleras alargadas que daban al jardín, suelos del siglo XVIII y
boiseries, y una chimenea de mármol rosado que aún funcionaba. Carole tenía un despacho y un vestidor junto a su dormitorio, y una enorme bañera donde se daba baños de burbujas con Chloe o se relajaba a solas. En la planta principal había un gran salón, un comedor y una cocina, así como una salida al jardín, donde solían comer en primavera y verano. La casa, construida en el siglo XVIII para algún cortesano, era una auténtica belleza. Nunca averiguó toda su historia, pero resultaba fácil imaginar que era muy romántica. Y para ella también lo fue.
Reconoció la casa sin dificultades y entró en el patio, ya que las puertas estaban abiertas. Se quedó mirando las ventanas de su antiguo dormitorio y se preguntó quiénes vivirían allí ahora, si serían felices, si aquel sería un buen hogar para ellos, si sus sueños se habrían hecho realidad en aquella casa. Ella vivió contenta allí durante dos años, aunque el final fue triste. Abandonó París embargada por la pena. Al recordar aquel tiempo volvió a sentirla.