Le dio al taxista la dirección del Ritz y se dirigieron hacia la Rive Droite. Cómodamente sentada en el taxi, Carole pensaba en su antigua casa y en todo lo que había visto aquella tarde. Desde su marcha de París, era la primera vez que paseaba por la ciudad y se permitía pensar en el pasado. Las cosas fueron diferentes cuando vino con Sean, y desde luego cuando vino con Stevie a cerrar la casa. Aquel día se sintió asaltada por una avalancha de dolor. No le gustaba nada renunciar a aquella casa, pero no tenía sentido conservarla. Los Ángeles estaba demasiado lejos, ella no paraba de hacer películas y ya no tenía ningún motivo para viajar a París. Aquella etapa había quedado atrás. Así pues, vendió la casa un año después de marcharse. Pasó dos días en la ciudad, dio a Stevie las instrucciones pertinentes y regresó a Los Ángeles. En aquella ocasión no se entretuvo, pero ahora tenía todo el tiempo del mundo. Además, los recuerdos ya no la asustaban. Al cabo de quince años, quedaban demasiado lejos para hacerle daño alguno. O tal vez ahora, sencillamente, estuviese preparada. Tras perder a Sean podía afrontar otras pérdidas en su vida. Sean le había enseñado aquello con su actitud ante la muerte.

Se hallaba absorta en sus pensamientos cuando entraron en el túnel situado justo delante del Louvre y se vieron atrapados en un atasco. A Carole no le importó. No tenía prisa por ir a ninguna parte. Acusaba el cansancio del viaje, la diferencia horaria y la larga caminata. Pensaba cenar temprano en su habitación y trabajar un poco en el libro antes de acostarse.

Mientras pensaba en el libro avanzaron unos cuantos metros en el túnel antes de detenerse por completo. Era hora punta, el momento en que muchos volvían a casa y otros muchos acudían al centro. A esas horas el tráfico parisino siempre era malo. Echó un vistazo al coche situado junto al taxi y vio a dos jóvenes en los asientos delanteros que tocaban la bocina entre risas histéricas.



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