
Otro joven sacó la cabeza por la ventanilla del coche que les precedía y les saludó agitando las manos. Carole tuvo la sensación de que se lo pasaban en grande y les miró sonriente. Parecían magrebíes, pues tenían la piel de un bonito color café con leche. En el asiento trasero del coche situado junto al taxi había un chico de dieciocho o diecinueve años que no compartía sus risas. Daba la impresión de estar nervioso y preocupado y su mirada se cruzó con la de Carole durante unos instantes. En cierto modo parecía asustado y a ella le dio pena. Mientras el tráfico del carril del taxi permanecía parado, los vehículos del carril contiguo reanudaron la marcha. Los muchachos del asiento delantero seguían riéndose y, cuando ya se alejaban, el adolescente saltó del coche y echó a correr. Carole le observó fascinada mientras corría hacia la entrada del túnel y desaparecía. Justo en ese momento oyó que un camión petardeaba más adelante. Entonces vio que los coches de los jóvenes se convertían en bolas de fuego mientras en el túnel se producía una cadena de explosiones y un muro de fuego avanzaba hacia el taxi. Su mente le ordenó que saliese del coche y corriese, pero antes de que pudiese hacer nada la puerta del taxi se abrió de golpe y Carole sintió que volaba sobre los coches, como si de pronto le hubiesen crecido alas. Solo veía fuego a su alrededor. Su taxi había desaparecido, pulverizado junto con otros vehículos cercanos. Le pareció estar soñando. Vio desaparecer coches y seres humanos. Otras personas volaban igual que ella. Luego bajó flotando a la deriva, hasta hundirse en la oscuridad más absoluta.
3
Horas después todavía quedaban docenas de coches de bomberos en la salida del túnel cercano al Louvre. Las autoridades habían convocado a los CRS, los antidisturbios, que estaban allí con su uniforme de combate completo, con escudos, cascos y ametralladoras.