– Bien. Entiendo -dijo en un inglés con mucho acento, ni mejor ni peor que el francés de Jason.

Tardaron casi una hora en llegar al hospital. Nervioso en el asiento trasero, Jason se decía que la mujer que estaba a punto de ver no debía de ser Carole, que acabaría desayunando en el Ritz y que tropezaría con ella a su regreso. Sabía lo independiente que era ahora. Siempre lo había sido, pero aún más desde la muerte de Sean. Jason sabía que viajaba con frecuencia a conferencias mundiales sobre los derechos de la mujer y que había participado en varias misiones de la ONU. Sin embargo, no tenía ni idea de lo que hacía en Francia. Fuera lo que fuese, esperaba que no estuviese cerca del túnel cuando se produjo el atentado terrorista. Con un poco de suerte, estaría en otra parte. Pero, en ese caso, ¿qué hacían su pasaporte y su bolso en el Ritz? ¿Por qué había salido sin ellos? Si le ocurría algo, nadie sabría quién era.

Jason sabía que a Carole le encantaba su anonimato y la posibilidad de vagar libremente sin que los fans la reconociesen. Le resultaba más fácil en París, aunque no demasiado. Carole Barber era conocida en el mundo entero y eso animaba a Jason a creer que la mujer del hospital de La Pitié Salpétrière no podía ser ella. ¿Cómo podían no reconocer ese rostro? Era impensable, a menos que hubiese quedado desfigurado. Mil pensamientos aterradores atravesaban su mente cuando el vehículo se detuvo por fin delante del hospital. Jason pagó la tarifa con una generosa propina y bajó del taxi. Parecía exactamente lo que era, un distinguido hombre de negocios norteamericano. Llevaba un traje inglés gris, un sobretodo de cachemira azul marino y un reloj de oro carísimo. A sus cincuenta y nueve años continuaba siendo un hombre atractivo.

– Merci! -le gritó el taxista desde la ventanilla, levantando el dedo pulgar por la buena propina-. Bonne chance!

Le deseaba suerte. La expresión de Jason Waterman le indicaba que la necesitaría. La gente no iba directamente del aeropuerto a un hospital, sobre todo aquel, si no había ocurrido nada malo. El taxista había llegado a esa conclusión, y los ojos y el rostro agotado de Jason le dijeron lo demás. Necesitaba afeitarse, ducharse y descansar un poco. Pero aún no.



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