
Sus años de pertenecer a un hombre habían terminado mucho antes de conocer a Sean. Ellos fueron dos almas libres que vivieron una junto a otra, disfrutando una de otra con amor y respeto mutuo. Sus vidas fueron paralelas, en perfecta simetría y equilibrio, pero nunca se enredaron. Cuando se casaron, lo único que Carole temía era que las cosas se complicasen, que él tratase de ser su dueño y que de algún modo se sofocasen uno a otro, pero eso nunca sucedió. El le había asegurado que no sucedería y mantuvo su promesa. Ella sabía que sus ocho años con Sean eran algo que solo se daba una vez en la vida. No esperaba encontrarlo con nadie más. Sean era único.
No imaginaba enamorarse ni casarse de nuevo. En los dos últimos años había echado de menos a Sean, pero no había llorado su muerte. Su amor la había saciado tanto que ahora se sentía cómoda incluso sin él. No hubo angustia ni dolor en su mutuo amor, aunque, como todas las parejas, tenían de vez en cuando sonadas discusiones que luego les hacían reír. Ni Sean ni Carole eran la clase de persona aficionada a guardar rencor y no había ni pizca de malicia en ellos, ni siquiera en sus peleas. Además de amarse, eran buenos amigos.
Se conocieron cuando Carole tenía cuarenta años y Sean treinta y cinco. Aunque él tenía cinco menos que ella, le había dado ejemplo en muchos aspectos, sobre todo con su visión de la vida.
