
Debido a la forma en que murió, con una elegante aceptación, a Carole le era imposible sentirse abrumada por la pena al pensar en él. Dentro de lo que cabía, estaba preparada. Ambos lo estaban. Lo que sintió con su ausencia fue un vacío que aún sentía, y quería llenar ese vacío con una mejor comprensión de sí misma. Era consciente de que el libro la ayudaría a hacerlo, si alguna vez lograba escribirlo. Quería intentar al menos estar a la altura de Sean y de la fe que tenía en ella. Su marido había sido una fuente de inspiración constante para ella, en la vida y en el trabajo. Le había aportado calma y alegría, serenidad y equilibrio.
En muchos aspectos, había sido un alivio no hacer películas en los últimos tres años. Había trabajado tanto y durante tanto tiempo que antes incluso de que Sean cayese enfermo era consciente de necesitar un descanso. También sabía que si disponía de tiempo libre para la introspección sus interpretaciones adquirirían un significado más profundo. A lo largo de los años había hecho varias películas importantes y había participado en algunos grandes éxitos comerciales. Sin embargo, ahora deseaba algo más. Quería aportar algo nuevo a su trabajo, la clase de profundidad que solo llegaba con la sabiduría, la madurez y el tiempo. A sus cincuenta años no era vieja, pero el tiempo transcurrido desde la enfermedad y la muerte de Sean le había dado una profundidad que nunca hubiese experimentado de otro modo, y sabía que esa profundidad se notaría en la pantalla.
