
A estas alturas Vorkosigan ya había desenvainado su cuchillo de combate. Atacó vigorosamente al tercer animal, gritando, apuñalando y pateando con sus pesadas botas. La sangre brotó cuando las garras arañaron su pierna, pero él descargó un golpe con su cuchillo que envió a la criatura aullando y siseando hacía el refugio del bosque junto con sus compañeros de camada. Dándose un momento para respirar, Vorkosigan pescó su pistola aturdidora del fondo de la funda demasiado grande del disruptor donde, a juzgar por sus maldiciones en voz baja, se había deslizado, y se quedó de pie, escrutando la oscuridad.
—Cangrejos peludos, ¿eh? —jadeó Cordelia—. ¡Stuben, se te va a caer el pelo! —gritó, y apretó los dientes.
Vorkosigan limpió en la hierba la oscura sangre del cuchillo y lo devolvió a su vaina.
—Será mejor que la tumba tenga al menos dos metros de profundidad —dijo seriamente—. Tal vez un poco más.
Cordelia suspiró, mostrando su acuerdo, y devolvió el palo algo más corto a su posición original.
—¿Cómo está su pierna?
—Puedo encargarme de ello. Será mejor que se ocupe de su alférez.
Dubauer, aturdido, se había despertado con el estrépito y trataba de marcharse a gatas. Cordelia intentó tranquilizarlo, luego tuvo que vérselas con otro ataque, y al final, para su alivio, Dubauer se quedó dormido.
Vorkosigan, mientras tanto, se había curado su arañazo usando el pequeño botiquín de emergencia de su cinturón y siguió cavando, apenas un poco más despacio. Cuando se hundió en el agujero hasta la altura de los hombros, hizo que ella ayudara a sacar tierra de la tumba usando la caja vacía de especímenes botánicos como cubo improvisado. Era casi medianoche cuando él llamó desde el fondo del pozo.
—Creo que ya está —dijo, y salió—. Lo podría haber hecho en cinco segundos con un arco de plasma —jadeó, recuperando el resuello. Estaba sucio y sudoroso bajo el frío aire de la noche. Hilillos de niebla surgían del barranco y el arroyo.
