
—Hay un palo junto a las tiendas —se ofreció ella—. Podría colgar esa luz para que ilumine su trabajo.
—Eso ayudaría.
Cordelia regresó a las tiendas, más allá del círculo de la bengala, y encontró el palo donde lo había dejado caer esa mañana. Al regresar a la tumba, amarró la luz al palo con unos cuantos hierbajos y lo clavó en la tierra, haciendo así que el círculo de luz fuera más amplio. Recordó su plan de recolectar helechos para Dubauer, y se dirigió hacia el bosque, pero se detuvo.
—¿Ha oído eso? —le preguntó a Vorkosigan.
—¿Qué? —Incluso él empezaba a respirar entrecortadamente. Se detuvo, hundido hasta las rodillas en el agujero, y prestó atención.
—Una especie de roce, procedente del bosque.
Él esperó un momento, y luego sacudió la cabeza y continuó con su trabajo.
—¿Cuántas bengalas hay?
—Seis.
Tan pocas. Ella odiaba desperdiciarlas usándolas de dos en dos. Estaba a punto de preguntarle si le importaba cavar un rato en la oscuridad, cuando oyó de nuevo el ruido, con más claridad.
—Hay algo ahí fuera.
—Eso ya lo sabemos —dijo Vorkosigan—. La cuestión es…
Las tres criaturas saltaron al unísono hacia el círculo de luz. Cordelia logró atisbar unos cuerpos bajos y rápidos, con demasiadas patas negras y velludas, cuatro ojos negros como perlas en rostros sin cuello, y picos amarillos afilados como cuchillas que chasqueaban y siseaban. Tenían el tamaño de cerdos.
Vorkosigan reaccionó instantáneamente, golpeando al más cercano en la cara con la hoja de la pala. Un segundo animal se abalanzó sobre el cuerpo de Rosemont, mordiendo la carne y la tela de un brazo, e intentando apartarlo de la luz. Cordelia agarró su palo y lo golpeó con saña entre los ojos. El pico rompió el extremo de la vara de aluminio. El animal siseó y retrocedió ante ella.
