Una vegetación más densa marcaba la frontera superior del bosque. Siguiendo el húmedo sendero del riachuelo del barranco, se agacharon para pasar por el túnel viviente y luego salieron al aire libre.

La brisa de la mañana despejaba los últimos restos de niebla hacia las doradas altiplanicies. Se extendían interminablemente, promontorio tras promontorio, hasta culminar por fin en los grandes macizos grises de un pico central coronado de chispeante hielo. El sol de este mundo brillaba en el profundo cielo turquesa dando una abrumadora riqueza a las hierbas doradas, las diminutas flores, a los manojos de plantas plateadas como encajes que lo salpicaban todo. Los dos exploradores contemplaron asombrados la montaña envuelta en el silencio.

El botánico, el alférez Dubauer, sonrió a Cordelia por encima del hombro y cayó de rodillas junto a uno de los arbustos plateados. Ella se acercó hasta el promontorio más cercano para contemplar el panorama que había más allá. El bosque se hacía más denso en las suaves pendientes. Quinientos metros por debajo, bancos de nubes se extendían como un mar blanco hasta el horizonte. A lo lejos, al oeste, la hermana menor de esta montaña asomaba entre las cumbres.

Cordelia anheló encontrarse en las llanuras de abajo, para ver la novedad del agua cayendo del cielo, cuando algo la sacó de su ensimismamiento.

—¿Qué demonios puede estar quemando Rosemont para que apeste de esta manera? —murmuró.

Una columna negra y aceitosa se alzaba tras el siguiente macizo montañoso, para extenderse, dispersarse y disiparse con las brisas superiores. Desde luego, parecía proceder del campamento base. Cordelia la estudió con atención.

Un gemido lejano, que creció hasta convertirse en un aullido, taladró el silencio. Su lanzadera planetaria apareció tras el risco y cruzó el cielo sobre ellos, dejando una estela chispeante de gases ionizados.

—¡Vaya despegue! —exclamó Dubauer, la atención concentrada en el cielo.



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