
Cordelia pulsó su comunicador de muñeca de onda corta.
—Naismith a Base Uno. Contesten, por favor.
Un siseo pequeño y hueco fue su única respuesta. Llamó de nuevo, dos veces, con el mismo resultado. El alférez Dubauer gravitaba ansioso sobre su hombro.
—Prueba con el tuyo —dijo ella. Pero tampoco él tuvo suerte—. Recoge tus cosas, vamos a regresar al campamento. Marcha forzada.
Corrieron jadeantes hacia el siguiente risco y se internaron de nuevo en el bosque. Los enormes árboles estaban a esa altura caídos, retorcidos. Al subir les habían parecido artísticamente salvajes; al bajar eran una amenazadora pista de obstáculos. La mente de Cordelia esbozó una docena de posibles desastres, cada uno más extraño que el anterior. Así lo desconocido dibuja dragones en los márgenes de los mapas, reflexionó, y contuvo su pánico.
Recorrieron el último tramo de bosque hasta conseguir ver con claridad el calvero seleccionado como base principal. Cordelia se quedó boquiabierta, sorprendida. La realidad sobrepasaba la imaginación.
Brotaba humo de cinco montículos negros que antes habían sido un ordenado círculo de tiendas. Una cicatriz humeante ardía en las hierbas donde estuvo posada la lanzadera, al otro lado del barranco, frente al campamento. Había equipo destrozado por todas partes. Las instalaciones sanitarias bacteriológicamente selladas habían sido destruidas; sí, incluso las letrinas habían sido incendiadas.
—Dios mío —jadeó el alférez Dubauer, y avanzó como un sonámbulo. Cordelia lo agarró por el cuello.
—Agáchate y cúbreme —ordenó, y caminó luego con cautela hacia las silenciosas ruinas.
La hierba alrededor del campamento estaba pisoteada y chamuscada. La aturdida mente de Cordelia se esforzó por explicar la carnicería. ¿Aborígenes que no habían detectado previamente? No, nada que no fuera un arco de plasma podría haber fundido el tejido de las tiendas.
