
Lois McMaster Bujold
Fronteras del infinito
UNO
—Tiene una visita, teniente Vorkosigan.
Un rastro de pánico vidrioso tembló en la cara del enfermero, en general inexpresiva. Después, se hizo a un lado para dejar pasar al hombre que había escoltado hasta la habitación de Miles en el hospital. Miles Vorkosigan logró ver una imagen fugaz de su rápida huida antes de que la puerta se cerrara detrás del visitante.
La nariz chata, los ojos brillantes y una expresión amigable, tranquila, daban al hombre un falso aire de juventud a pesar de que su cabello castaño se teñía ya de gris en las sienes. Tenía un cuerpo ágil, llevaba ropas de civil y no irradiaba ninguna aureola de amenaza a pesar de la reacción del enfermero. En realidad, casi no tenía aureola. Su trabajo como agente secreto en los primeros años de su carrera había proporcionado a Simon Illyan, jefe de la Seguridad Imperial de Barrayar, el hábito de no hacerse notar.
—Hola, jefe —dijo Miles.
—Se te ve muy mal —señaló Illyan, con tono amable—. No te molestes en hacerme ninguna reverencia.
Miles se rió por la nariz y eso le dolió. Le dolía todo, excepto los brazos, vendados e inmovilizados desde los omóplatos hasta la punta de los dedos, y eso que aún le duraba la anestesia. Miles se revolvió en su bata de hospital para cubrirse más con las sábanas, buscando una comodidad imposible.
—¿Qué tal la cirugía de sustitución de huesos? —preguntó Illyan.
—Más o menos como esperaba. Ya me lo habían hecho en las piernas. Lo peor fue abrir la mano derecha y el brazo y sacar las astillas de huesos. Aburrido y largo. La izquierda fue mucho más rápida porque los fragmentos eran más grandes. Ahora tengo que esperar un poco para ver si los trasplantes de médula aceptan la matriz sintética. Voy a estar un poco anémico por un tiempo.
—Espero que eso de volver de las misiones en camilla no se convierta en un hábito.
