—Venga, Illyan, es la segunda vez. Y además, al final voy a tener todos los huesos reemplazados. Para cuando tenga treinta años, voy a ser de plástico. —Miles pensó en esa posibilidad con tristeza. Si más de la mitad de su cuerpo se convertía en repuestos artificiales, ¿podrían declararlo legalmente muerto? Pensó que tal vez llegaría la hora en que entraría en la fábrica de prótesis gritando: ¡mamá! ¿O era que los sedantes de los médicos lo estaban volviendo un poco loco…?

—En cuanto a tus misiones… —dijo Illyan con firmeza.

Ah. Así que esta visita no era sólo una expresión de apoyo personal, si es que Illyan había demostrado alguna vez interés personal. No. Obviamente era por algo difícil de comunicar.

—Tienes mis informes —insinuó Miles con cautela.

—Tus informes, como siempre, son obras maestras del doble sentido y la ambigüedad —replicó Illyan. Sonaba del todo sereno al respecto.

—Bueno… ya sabes… cualquiera podría leerlos. Nunca se sabe.

—Eso de «cualquiera» me parece una exageración —dijo Illyan—. Pero está bien.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Dinero. En concreto, la justificación de ciertos gastos.

Tal vez eran las drogas que le habían metido en el cuerpo, pero Miles no entendía nada.

—¿No estás conforme con mi trabajo? —preguntó, casi como un ruego.

—Aparte de tus heridas, los resultados de tu última misión son altamente satisfactorios… —empezó a decir Illyan.

—Será mejor que lo sean —murmuró Miles, con amargura.

—… y tus últimas… aventuras… en la Tierra todavía son secretas. Las discutiremos más tarde.

—Antes tengo que informar a algunas autoridades superiores —interrumpió Miles.

Illyan hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

—Entiendo. No. Estas acusaciones vienen de la época de lo de Dagoola y de antes.



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