
Un hombre con la librea castaña y plateada de los guardias y servidores personales del conde salió de la puerta principal de la residencia justo en el momento en que Miles se acercaba con la mujer desconocida. Era el nuevo… ¿cómo se llamaba? Pyrn, ése era su nombre.
—¿Dónde está el señor conde? —le preguntó Miles.
—En el pabellón superior, tomando el desayuno con la señora. —Pyrn echó una mirada a la mujer y esperó en una postura de educada interrogación.
—Ah, bueno, esta mujer ha andado cuatro días para hacer una denuncia frente a la corte del magistrado de distrito. La corte no está aquí, pero el conde sí, así que ahora quiere saltarse un paso y llegar arriba de golpe. Me gusta su estilo. ¿La llevas, por favor?
—¿Durante el desayuno? —preguntó Pyrn.
Miles miró a la mujer.
—¿Ya ha desayunado?
Ella negó con la cabeza sin decir nada.
—Suponía que no. —Miles volvió las palmas hacia arriba, como para expresar que la dejaba en manos del guardia—. Ahora lo va a tomar.
—Mi padre murió en el Servicio —repitió la mujer en voz muy baja—. Tengo derecho. —Ahora la frase parecía convencerla casi tanto como a los demás.
Pym, aunque no había nacido en las colinas, por lo menos era hombre del distrito.
—Así es la vida —suspiró y le hizo un gesto a la mujer para que lo siguiera sin agregar palabra. Los ojos de ella se abrieron y mientras lo seguía alrededor de la casa, miró por encima del hombro a Miles.
