Una última ojeada al espejo. Con el mismo esmero que había puesto en vestirse, Miles reunió los objetos que necesitaba Para su tarea. Los rectángulos blancos del rango anterior, cadete en la Academia. La segunda copia escrita a mano de su nueva comisión de oficial en el Servicio Imperial de Barrayar, comprada para ese día. Una copia sobre papel de sus méritos en los tres años de la Academia, con todas sus recomendaciones (y deméritos). En la transacción que iba a llevar a cabo no tenía sentido ser otra cosa que absolutamente honesto. Buscó el trípode y el brasero de bronce, envuelto en terciopelo para darle lustre en un cajón de un armario del piso interior, junto con una bolsa de plástico llena de madera de enebro seca. Y fósforos químicos.

Salió por la puerta trasera y se dirigió colina arriba. El camino se bifurcaba en medio del parque, y subía hacia el pabellón de la cima, luego doblaba a la izquierda, hacia un área que parecía un jardín rodeado por una pared baja de campo. Miles entró por un portón.

—Buenos días, antepasados locos —dijo, y después dominó su humor. Tal vez el calificativo fuera cierto, pero la ocasión requería respeto.

Avanzó despacio por entre las tumbas hasta que llegó a la que buscaba, se arrodilló y colocó en el suelo el brasero y el trípode mientras tarareaba una tonada. La lápida tenía una inscripción sencilla General conde Piotr Pierre Vorkosigan y las fechas. Si hubieran tratado de grabar todos los honores y logros acumulados, habrían tenido que utilizar microimpresión.

Miles apiló la leña, los carísimos papeles, los pedazos de tela y un mechón de cabello negro que había recogido en ese último corte. Encendió el fuego y se puso en cuclillas para ver cómo se quemaba. A lo largo de los años había ensayado cientos de versiones de ese momento en su cabeza, desde oraciones públicas solemnes con músicos hasta danzar desnudo sobre la tumba del anciano. Al final se había decidido por esa ceremonia privada y tradicional. Sólo para los dos.



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