—Bueno, abuelo —murmuró—. Aquí estamos, a pesar de todo. ¿Satisfecho?

El caos de las ceremonias de graduación ya quedaba atrás, los esfuerzos enloquecidos de los últimos tres años y todo el dolor se reducían a esto. Pero la tumba no habló, no dijo: «Bien hecho, ahora puedes descansar.» Las cenizas no emitieron mensajes, no hubo visiones en el humo que se elevaba hacia el cielo. El brasero pronto quemó todo. Tal vez no había bastante leña.

Miles se puso en pie, se sacudió las botas en silencio, bajo la luz del sol. ¿Qué había esperado? ¿Aplausos? ¿Por qué estaba allí, en realidad? ¿Bailar sobre los sueños de un viejo… ? ¿A quién beneficiaba en definitiva su Servicio? ¿Al abuelo? ¿A sí mismo? ¿Al pálido emperador Gregor? ¿A quién le importaba?

Bueno, viejo —susurró y después gritó—: ¿AHORA YA ESAS SATISFECHO? —El eco lo repitió.

Alguien se aclaró la garganta a su espalda y Miles se volvió en redondo como un gato escaldado, con el corazón en la boca.

Ejem… señor —dijo Pym con cuidado—. Perdóneme, no quería interrumpir… nada. Pero el conde, su padre, quiere que vaya a verlo al pabellón superior.

La expresión de Pym era imperturbable. Miles tragó saliva y esperó que el calor que sentía en las mejillas disminuyera un poco.

Bien —dijo y se encogió de hombros—. De todos modos, el fuego ya casi se ha consumido. Lo limpiaré todo después. No… que nadie toque nada.

Pasó junto a Pym y no miró atrás.

El pabellón era una estructura simple de madera plateada y abierto por los cuatro costados para que entrara la brisa: esa mañana una leve ráfaga del oeste. Tal vez haría buen tiempo para navegar en el lago por la tarde.



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